A estas alturas de la vida, después de haber vivido lo vivido me doy cuenta
de que siempre hay cosas de que hablar, o en este caso en particular escribir.
Y lo escribo porqué no hay mas remedio, ya no hay lugar seguro en el secreto
de otras personas. Los tiempos cambian y las personas también.
Y la historia comienza así, como casi siempre suelen comenzar las historias que alguna vez de ellas hemos sabido.
Érase una vez un niño, hace mucho tiempo.
Sin nada común y mucho menos corriente, que vivía de sus sueños y sus sueños
vivían de él.
Hasta aquel día en que vio entrar por la puerta del salón de clases a aquella niña, en definitiva un ángel,
se dijo a si mismo... es mi ángel.
La inmaculada belleza con aquella mirada tierna e inocente de la niña lo sumió en una eterna pausa de espacio
y tiempo, no sospechaba que era una intoxicación temprana de aquella química de placer, dolor y estupidez que sufrimos los mortales hombres al enamorarnos.
Y fue así que la amo en silencio por horas, por días, por años... hasta que
el sólo verla ya no era suficiente, entonces cual paladín de un mundo de
gigantes y dragones tomo como escudo la verdad y como espada su amor y fue tras
ella, era la única oportunidad que tendría... no habría ya más.
Era necesario aquel sacrificio para ser feliz, y llegado el momento con un corazón
palpitante y manos sudorosas dejo al viento todo lo que le fue concedido, la
oportunidad hecha palabra... aquello que se ha perdido en este nuevo
universo... aquello que los mortales hombres del mundo llamaban una declaración de amor.
Luego de haber agotado semejante locuacidad, la miró y esperó... como suele
esperar el mar, y así como el momento fue eterno, así también fue el silencio,
el silencio de ella, de los dos, los gestos, las miradas sin fin, la indecisión y sin más
se fue, se fue quizás para nunca más volver.
El niño sintió aquel temblor, la oscuridad invadió cada sentimiento, la
tristeza se encargo de romper cada corazón de los miles que tenía solo para
ella. Si existe algo tan lúgubre como la muerte, ese fue el momento. La intoxicación avanzada de aquella química de placer, dolor y estupidez que sufrimos los mortales hombres al enamorarnos.
Así pasaron las estrellas, los soles; así paso el tiempo y el niño se hizo
hombre.
Vivió como tuvo que haber vivido, de risas y tristezas. Vivió pero no
olvido. Mantuvo siempre un lugar para ella, quizás de los mil corazones que
tuvo para su ángel habría guardado aún algunos cuantos.
Fue así que los escondió en un
lugar secreto a salvo de la oscuridad y la tristeza, aquellas que no nos
perdonan.
Pero misterioso es el tiempo, y luego de cien vidas he aquí que sus caminos
volvieron a enredarse cual madeja arrojada a un lanar, y fue así que la volvió a
ver.
El niño ahora hombre la miro, tan diferente y tan igual como fue hace cien
vidas, ya no era un ángel sino una mujer; pero no era suya.
Nunca lo había sido pero sentía como si
cada día hubiese vivido siempre para ella.
Tanto sufrimiento de ella, de él y ahora finalmente juntos. Quería mostrarle
los corazones que salvó de aquel terrible día, los que seguro reclamarían su
olor, su figura, sus cabellos, también su corazón.
El éxtasis de una intoxicación de aquella química de placer, dolor y estupidez que sufrimos los mortales hombres al enamorarnos.
Pero él decidió callar, tuvo temor que la historia volviera a repetirse, que
esta vez la oscuridad y la tristeza terminen con los pocos corazones que tenía
sólo para ella, así que en silencio la miró y esperó, esta vez no como suele esperar el
mar, esperó para toda la eternidad.
-Búho-
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