Divano Rosso

El rincón del Búho

1:28 a. m.

Antología

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A estas alturas de la vida, después de haber vivido lo vivido me doy cuenta de que siempre hay cosas de que hablar, o en este caso en particular escribir.
Y lo escribo porqué no hay mas remedio, ya no hay lugar seguro en el secreto de otras personas. Los tiempos cambian y las personas también.
Y la historia comienza así, como casi siempre suelen comenzar las historias que alguna vez de ellas hemos sabido.

Érase una vez un niño, hace mucho tiempo.
Sin nada común y mucho menos corriente, que vivía de sus sueños y sus sueños vivían de él.
Era su mundo casi fantástico y perfecto.

Hasta aquel día en que vio entrar por la puerta del salón de clases a aquella niña, en definitiva un ángel, se dijo a si mismo... es mi ángel.
La inmaculada belleza con aquella mirada tierna e inocente de la niña lo sumió en una eterna pausa de espacio y tiempo, no sospechaba que era una intoxicación temprana de aquella química de placer, dolor y estupidez que sufrimos los mortales hombres al enamorarnos.

Y fue así que la amo en silencio por horas, por días, por años... hasta que el sólo verla ya no era suficiente, entonces cual paladín de un mundo de gigantes y dragones tomo como escudo la verdad y como espada su amor y fue tras ella, era la única oportunidad que tendría... no habría ya más.

Era necesario aquel sacrificio para ser feliz, y llegado el momento con un corazón palpitante y manos sudorosas dejo al viento todo lo que le fue concedido, la oportunidad hecha palabra... aquello que se ha perdido en este nuevo universo... aquello que los mortales hombres del mundo llamaban una declaración de amor.

Luego de haber agotado semejante locuacidad, la miró y esperó... como suele esperar el mar, y así como el momento fue eterno, así también fue el silencio, el silencio de ella, de los dos, los gestos, las miradas sin fin, la indecisión y sin más se fue, se fue quizás para nunca más volver.

El niño sintió aquel temblor, la oscuridad invadió cada sentimiento, la tristeza se encargo de romper cada corazón de los miles que tenía solo para ella. Si existe algo tan lúgubre como la muerte, ese fue el momento. La intoxicación avanzada de aquella química de placer, dolor y estupidez que sufrimos los mortales hombres al enamorarnos.

Así pasaron las estrellas, los soles; así paso el tiempo y el niño se hizo hombre.
Vivió como tuvo que haber vivido, de risas y tristezas. Vivió pero no olvido. Mantuvo siempre un lugar para ella, quizás de los mil corazones que tuvo para su ángel habría guardado aún algunos cuantos.
Fue así que los escondió en un lugar secreto a salvo de la oscuridad y la tristeza, aquellas que no nos perdonan.

Pero misterioso es el tiempo, y luego de cien vidas he aquí que sus caminos volvieron a enredarse cual madeja arrojada a un lanar, y fue así que la volvió a ver.

El niño ahora hombre la miro, tan diferente y tan igual como fue hace cien vidas, ya no era un ángel sino una mujer; pero no era suya. 
Nunca lo había sido pero sentía como si cada día hubiese vivido siempre para ella.

Tanto sufrimiento de ella, de él y ahora finalmente juntos. Quería mostrarle los corazones que salvó de aquel terrible día, los que seguro reclamarían su olor, su figura, sus cabellos, también su corazón. Deseó tanto de las manos de su eterna amada aquellas caricias, el suave beso eterno, el amor; aquel que esperó durante sus cien vidas como suele esperar el mar.
El éxtasis de una intoxicación de aquella química de placer, dolor y estupidez que sufrimos los mortales hombres al enamorarnos.

Pero él decidió callar, tuvo temor que la historia volviera a repetirse, que esta vez la oscuridad y la tristeza terminen con los pocos corazones que tenía sólo para ella, así que en silencio la miró y esperó, esta vez no como suele esperar el mar, esperó para toda la eternidad.



-Búho-



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